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El
muro que separa las dos Américas
Cada
día cientos de hispanos cruzan ilegalmente la valla metálica que
separa los Estados Unidos de México sin que las autoridades
estadounidenses puedan hacer nada para detener esta avalancha. La
invasión hispana ha llegado a tal extremo que han surgido los
Minutemen, grupos paramilitares patrióticos que quieren proteger
a su país de la amenaza del sur.
snc/ Miguel Otero
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Valla
metálica fronteriza entre Estados Unidos y México a la altura
de Mexicali |
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MEXICALI.
(30.09.05) En las últimas tres décadas los Estados Unidos se
han llenado de hispanos. Uno sólo tiene que dar un paseo por las
calles del centro de Nueva York, Washington DC, Miami, Austin o
Los Ángeles, por poner unos ejemplos, y la lengua que más se
escucha, después del inglés, es el español. El "Aquí se
habla español" se encuentra por todas partes. En las
tiendas, en los autobuses, en las oficinas públicas, en la radio,
en la televisión, en los bancos. El castellano está tan presente
en el día a día estadounidense que unos turistas suizos llegaron
a decir que "sería bueno saber español para conocer mejor a
los Estados Unidos".
Como
el flujo de ilegales por la frontera es imparable, nadie sabe
cuántos inmigrantes hispanohablantes hay actualmente en el país,
pero las últimas estimaciones apuntan a que ya son más de 20
millones, y eso sin contar los nacionalizados. La comunidad
hispana es la minoría étnica que más rápido crece en los
Estados Unidos y eso se hace notar en ciudades como Los Ángeles.
A las 8 de la mañana de cualquier día de trabajo, el centro de
Los Ángeles se parece más a México D.F. que a cualquier ciudad
estadounidense. En esta metrópolis californiana la influencia del
mundo hispano es tan grande que el propio alcalde de la ciudad,
Antonio Villaraigosa, es también un latino. Parece como si los
hispanos, y concretamente los mexicanos, estuviesen reconquistando
las tierras perdidas en su día. No hay que olvidarse de que
Texas, Arizona, Nuevo México, California y partes de Nevada, Utah
y Colorado pertenecían a la Nueva España, que posteriormente se
convirtió en la República de México.
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Carteles
de SPARC, una asociación social de Los Ángeles
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La
invasión hispana es de tal magnitud que muchos ciudadanos
estadounidenses han empezado a organizarse para contrarrestar esta
avalancha humana. Hace pocas semanas se ha presentado una
propuesta ante el Congreso de Washington para que el inglés se
convierta en el único idioma oficial del país, ya que no puede
ser que los hispanos vayan a las oficinas públicas y puedan hacer
todas sus gestiones en español. El gobernador de Nuevo México,
Bill Richardson, ha declarado el estado de emergencia en los
municipios fronterizos de su Estado ante la ineficacia de la
guardia federal fronteriza en la aprehensión de los inmigrantes
ilegales que saltan a diario el muro que separa la América rica
de la América pobre. La cuestión de la inmigración hispana se
ha convertido en los últimos años en un tema de 'seguridad
nacional' hasta el punto de que han aparecido grupos civiles
patrióticos, como los Minutemen, que han decidido tomar la
justicia por su mano.
El
nombre de los Minutemen viene de la época de la independencia de
los Estados Unidos. Los milicianos americanos que vigilaban la
costa de Boston recibían el nombre de Minutemen (hombres minuto)
porque en el momento que divisaban a las chaquetas rojas inglesas
en el horizonte sólo tardaban un minuto en preparase para la
batalla. Los Minutemen de aquellos tiempos eran unos auténticos
patriotas, ya que eran los primeros en arriesgar su vida para
impedir la entrada del invasor. Los Minutemen actuales se creen lo
mismo. Piensan que son unos héroes nacionales por perseguir con
sus fusiles a los inmigrantes que, después de varios días de
camino por el desierto, intentan saltar el muro entre las dos
Américas. La mayoría de estos individuos son veteranos de guerra
que están cansados de ver como las autoridades fronterizas no
tienen los suficientes medios para proteger los 3.200 Km. de
frontera que separan México de los Estados Unidos, y han decidido
crear una especie de grupos paramilitares, cuyo objetivo es
'salvar' a la madre patria de la invasión del sur.
Pero
no todos los estadounidenses piensan que los Minutemen del siglo
XXI son unos héroes nacionales. Miles de ciudadanos americanos
comprometidos con los derechos humanos de los inmigrantes también
se han organizado en las zonas fronterizas de California, Nuevo
México y Texas para hacerle el trabajo imposible a los Minutemen.
¿Quién lo diría? La frontera que cruza el desierto entre
Estados Unidos y México está ahora llena de actividad. Se trata
de un espectáculo único en el mundo que raya lo ridículo, pero
que demuestra la esquizofrenia existente en la zona.
Primero
están los jeep patrulla del Border Patrol, la guardia fronteriza
federal, cuya misión es proteger la frontera de intrusos y
traficantes. Después están los coches de los paramilitares que
intentan cazar algún inmigrante ilegal. Delante de ellos, o al
lado, o detrás, están los grupos pro derechos humanos que
intentan desviar la atención de los Minutemen con insultos de
todo tipo y bailando con focos de luces al son de un Techno
estridente. Y en medio de todo este jaleo están los inmigrantes
ilegales que, en principio, no dan crédito a lo que ven, pero que
no pierden el tiempo y aprovechan el caos para desaparecer en la
oscuridad del desierto.
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Jeep
del Border Patrol, la guardia fronteriza federal de los Estados
Unidos
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La
presencia de los Minutemen en las zonas fronterizas no ha mejorado
en nada la situación, más bien la ha empeorado, ya que el estado
de tensión es ahora mayor. Muchos temen que se produzca alguna
muerte y que la situación se agrave aún más. No hay sólo el
peligro de que los Minutemen utilicen sus armas para detener a
algún inmigrante. La zona fronteriza es también el área de
trabajo natural de muchos traficantes de drogas y de personas, y
toda esa gente no ve nada bien que todas las noches unos cuantos
paramilitares se dediquen a patrullar las inmediaciones del
muro."Los narcotraficantes ya han ofrecido 10.000 dólares
por cada Minutemen", declara Eduardo Burciaga, un residente
de Mexicali.
Está
claro que ni el muro de 3.200 Km. de largo y 3 metros de alto ni
los Border Patrol ni los Minutemen pueden parar la avalancha de
inmigrantes. Según comentan los mexicanos que ya están al otro
lado de la frontera trabajando de ilegales en las granjas de
California, saltar el muro no es muy difícil. La mayoría de
ellos ha entrado al país por este método. "Te metes por el
desierto, caminas tres días, saltas el muro, y ya está",
comenta un sonriente Cruz, natural de la región mexicana de
Oaxaca y con más de 3 años de ilegal en los Estados Unidos. Pero
tan fácil no es. Según las autoridades fronterizas
estadounidenses, en los últimos doce meses 459 inmigrantes
perdieron la vida en el desierto. Es triste, pero el muro natural
parece que es más efectivo que el muro construido por el hombre.
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La
aridez del desierto de Mexicali
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Pese
a todo, esas muertes no minan el deseo de miles y miles de
latinoamericanos de poder algún día escapar de la pobreza y
abrazar el sueño americano. Una encuesta realizada en México por
el Pew Hispanic Centre de Washington, y que ha aparecido en todos
los medios estadounidenses, indica que el 46% de la población
mexicana reconoce que le gustaría vivir en los Estados Unidos, y
que el 21% lo haría incluso con el estatus de ilegal. Esta
noticia no debería sorprender a nadie que viva al otro lado de la
frontera. Las políticas neoliberales introducidas en los años 90
en casi toda Latinoamérica, bajo recomendación o presión de la
Casa Blanca, son la causa principal de que hoy millones de
hispanos huyan hacia el norte del Continente.
Las
privatizaciones masivas, la desregulación y la apertura de los
mercados nacionales y la libre competencia han hecho que aumenten
las diferencias entre pobres y ricos y que muchos tengan que
emigrar porque en sus respectivos países ya no tienen donde
trabajar o, si tienen donde, los salarios son tan bajos que
incluso vale la pena arriesgar la vida por el desierto para salir
de la miseria. Cuando uno pregunta: "¿Por qué quieres ir a
los Estados Unidos?" La respuesta es casi siempre la misma:
"Es que en casa la situación está muy mal, no hay
trabajo". Esto es lo que dice también Marbi, un hondureño
que está esperando a que algún traficante le ayude a pasar por
encima del muro, o por debajo, por los cientos de túneles
subterráneos que hay entre Estados Unidos y México.
Por
ahora en el norte hay trabajo de sobra para los hispanos. Justo
aquel trabajo que muchos estadounidenses ya no quieren hacer. Los
hispanos trabajan en las cocinas, de camareros, en la
construcción, en la limpieza, de niñeras, en los
establecimientos de comida rápida, en la recogida de fruta y en
las escuelas de los barrios marginales. 8 dólares la hora por
recoger tomates, 10 dólares la hora por trabajar en la
construcción, 7 dólares la hora por trabajar de lavaplatos. Los
hispanos trabajan por poco dinero y, como son ilegales, no hay que
pagarles seguro social, con lo cual los más beneficiados son los
empresarios estadounidenses. "Por la llegada de inmigrantes
los salarios de la construcción no han subido desde hace
años", comenta Rolando, un salvadoreño que lleva en Austin
(Texas) más de una década.
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Andrés
y Cruz, dos mexicanos de Oaxaca que trabajan en el campo de
California
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Es
así, por culpa de la llegada de los inmigrantes ilegales: el
obrero estadounidense que no tiene estudios gana hoy relativamente
menos que hace diez años. Es por eso que los obreros nacionales
que no han podido subir de escala social están furiosos. Es por
eso que crece el racismo y aparecen personajes como los Minutemen.
Las políticas neoliberales no sólo afectan a la América pobre,
también hacen estragos en la América rica. No sólo hay un muro
físico que separa la América del Norte de la América Latina.
Incluso en los mismos Estados Unidos hay muros que separan a la
gente rica de la gente pobre. Sólo hay que ver la cantidad de
urbanizaciones amuralladas (gated communities) que hay en ese
país para darse cuenta de esta circunstancia.
Muchos
opinan que el tema de la inmigración masiva y la consecuente
bajada en picado de los salarios, se solucionaría con una buena
regularización. De esta manera, los inmigrantes trabajarían
legalmente, contribuirían con sus impuestos a la hacienda
pública y se eliminaría el mercado negro que tanto hace bajar a
los salarios. Otros, en cambio, piensan que esa idea es una
locura. Alexis Chadwick, una chica de Santa Cruz (California),
explica por qué. Sus palabras son un buen reflejo del pensamiento
de una gran parte de la población. "Los que piden que se
abran las puertas a los inmigrantes son unos ingenuos. Es
imposible acoger a todo el mundo. Los inmigrantes no van a dejar
de llegar. Vienen a nuestro país porque es un país rico y sólo
van a dejar de venir cuando nosotros estemos peor que ellos."
Mejor no se podría describir. Las palabras de Alexis son la cruda
realidad de las Américas de hoy.
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Jesús
Salazar, otro hispano más deseoso por estar al otro lado de la
valla
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Pero
hay otra realidad. Las migraciones masivas hacia los países del
norte que vivimos hoy en día no se van a poder parar mientras
imperen las políticas neoliberales en el mundo. Los países del
norte han abrazado el libre mercado como modelo socioeconómico y
ahora tienen que atenerse a las consecuencias. Las diferencias
entre regiones ricas y pobres son ahora tan grandes que muchos
abandonan a sus mujeres e hijos arriesgando sus vidas para mandar
dinero a casa, y no hay muros que los puedan frenar. Hay que ser
consecuentes. Si hay un libre flujo de dinero y de mercancías,
debería haber también un libre movimiento de personas. La
posición del Gobierno de los Estados Unidos es ciertamente
oportunista. La Casa Blanca aboga por tratados de libre comercio
con México, con Centro América y hasta con toda Latino América,
pero cuando se propone un libre movimiento de personas, la
respuesta es siempre negativa. La razón es que las desigualdades
económicas son tan grandes que el país se vería literalmente
invadido de la noche a la mañana de mexicanos, guatemaltecos,
hondureños, salvadoreños y nicaragüenses.
Pero
eso tampoco es que sea tan malo, como lo pintan muchos. El choque
entre diferentes culturas puede que traiga tensiones y roces en
las primeras décadas. Pero a medida que la nueva cultura se va
asentando en el país receptor, empiezan a surgir fusiones y
mestizajes que demuestran como, a través de la migración, el ser
humano se adapta a nuevas circunstancias, se enriquece, evoluciona
y crea nuevas culturas. La inmigración hispana de las últimas
décadas ha hecho que hoy muchos estadounidenses anglosajones
hablen español, se interesen por el mundo latino, tomen comida
mexicana y bailen al son de música hispana. En los Estados Unidos
de hoy en día hay múltiples proyectos culturales, sociales y
académicos que entrelazan la cultura anglosajona y la latina. La
aleación está tan evolucionada que ha surgido incluso un nuevo
pueblo, los chicanos, y un nuevo idioma, el spanglish.
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Una
nueva generación de estadounidenses: Los Chicanos
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Los
Estados Unidos, quieran o no, son una víctima de su pasado. Durante
décadas los americanos del norte estuvieron apoyando a dictadores y
políticos corruptos sin preocuparse mucho por la cohesión social de
Latinoamérica. Sólo les interesaba proteger los intereses económicos
que tenían en la zona, y poco más. Poco les importó que las políticas
neoliberales aumentasen las diferencias entre la América rica y la
América pobre. Pero todo tiene un coste en el libre mercado, y esas
políticas han tenido un precio: la progresiva españolización de la
sociedad estadounidense. No se puede estar jugando durante años a
introducir políticas neoliberales perjudiciales para gran parte de la
población de los países del sur y ahora construir un muro de miles de
kilómetros para impedir la llegada de los pobres. Eso va en contra de las
reglas de la naturaleza, de la historia y de la humanidad. Como dijo en su
día el sabio indio Heinmot Tooyakalet, también conocido como Jefe
Joseph, de la tribu de los Nez Percés: "La tierra fue creada con la
ayuda del sol y debería dejarse como estaba… El campo fue hecho sin
líneas de demarcación, y no es asunto de hombre alguno dividirlo".
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