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¿Qué
ha quedado de la revolución sandinista?
Hace
ahora veintiséis años, el 19 de julio de 1979, irrumpía
victorioso el movimiento popular, liderado por el Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), por las calles del
centro de Managua. El pueblo nicaragüense había puesto fin,
con su perseverancia y su lucha, a 40 años de dictadura
somocista y las puertas de la esperanza se habrían de par en
par. Pero, ¿cuál ha sido el legado de esa revolución? ¿Ha
sido un logro o ha sido un fracaso?
snc/
miguel otero |
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Monumento
en Managua dedicado a Augusto Sandino y a la revolución
sandinista |
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MANAGUA.
(06.07.05) Al llegar a Nicaragua uno espera encontrarse con un
pueblo orgulloso de su pasado. No en vano esta gente tuvo las
agallas suficientes para derrocar por la fuerza a una dinastía
dictatorial sanguinaria, que siempre contó con la ayuda o el
beneplácito de la mayor potencia mundial, los Estados Unidos de
América. La familia de Anastasio Somoza gobernó el país durante
más de 40 años como si de una hacienda privada se tratase, pero
en 1979 un movimiento revolucionario popular sin precedentes tomó
las calles de las principales ciudades de Nicaragua. Somoza tuvo
que huir del país y su Guardia Nacional quedó desarticulada. El
nuevo gobierno sandinista, que incluso contaba con la aprobación
de Washington, traía consigo una ola de esperanza. Nicaragua
podía soñar por fin con palabras como libertad, igualdad y, por
qué no, prosperidad.
Sin
embargo, veintiséis años después, esas palabras siguen siendo
una utopía. Al llegar a Nicaragua el visitante lo que ve es mucha
pobreza, mucha desigualdad y mucha desnutrición. El
nicaragüense, en general, no está nada orgulloso de su pasado
revolucionario, más bien todo lo contrario. Su corazón se llena
de amargura cuando ve como otros países centroamericanos
tradicionalmente menos hostiles a los Estados Unidos, como Panamá
o Costa Rica, disfrutan en cierto sentido de una situación
económica aceptable, mientras que Nicaragua sufre una
inestabilidad socio-política-económica permanente. En estos
momentos hay más de un millón de nicaragüenses trabajando en
Costa Rica, sin contar los inmigrantes ilegales, lo cual dice
mucho de las diferencias en el nivel de vida entre estos dos
países vecinos. El nicaragüense mira con hastío la revolución.
Como me comentó un camarero en Granada: "Los sandinistas lo
único que hicieron fue destrozar el país", aunque supongo
que ése es el precio que hay que pagar si se lleva una
revolución armada hasta las últimas consecuencias.
Entonces,
¿la revolución fue un fracaso? Para Franklin José Moya
Argüello, afín al Partido Sandinista, "de ninguna
manera". La revolución fue necesaria para derrocar a Somoza.
Y no hay que olvidarse de los logros en educación y sanidad que
consiguió el gobierno sandinista en los años 80. Después de
heredar un país destrozado por la guerra (con cerca de 50.000
muertos), donde escaseaban los alimentos y el combustible, y donde
los índices de pobreza y analfabetismo estaban por las nubes, el
gobierno de Daniel Ortega logró en pocos años reducir la tasa de
analfabetismo de un 50% a un 13%. En esa época se incrementó el
presupuesto de educación significativamente y se aumentó el
número de escuelas, profesores y estudiantes. La asistencia
sanitaria pública se extendió a todo el país y se levantaron
numerosos hospitales y clínicas, acciones todas éstas que
obtuvieron el reconocimiento internacional. Pero, ¿cómo se
explica entonces la deplorable situación del país?
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Placa
en honor a las fuerzas revolucionarias situada en una céntrica
plaza de León
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Para Argüello, la causa principal de la pobreza de Nicaragua
está en las políticas neoliberales que se han venido
introduciendo desde el inicio de los años 90. Los gobiernos
liberales han desmantelado el estado social que habían construido
los sandinistas y han hecho que aumentaran las diferencias entre
pobres y ricos. "Antes la educación y la sanidad eran
gratis, ahora hay que pagar hasta por entrar en el hospital",
señala Argüello. René Silva, un ex somocista afincado en Miami,
no está de acuerdo. Para él, fueron los sandinistas los que
llevaron el país a la ruina. "Antes de la revolución,
Nicaragua era el granero de Centroamérica, exportábamos
productos a toda la región. La renta per cápita era la más alta
de América Central, y ahora ¿qué?, somos de los países más
pobres de la zona".
René
Silva, como muchos otros, piensa que no hay futuro para Nicaragua
mientras los sandinistas controlen el poder. Ahora no es que el
FSLN esté en el poder, está en la oposición. Pero los
sandinistas controlan aún hoy el Ejército y en un país tan
inestable como Nicaragua, eso es mucho. "El presidente en
funciones es Enrique Bolaños, pero quien realmente mueve los
hilos es Daniel Ortega", dice Silva. Para Argüello, la
influencia del sandinismo en el Ejército es totalmente lógica.
En las negociaciones después de la derrota en las urnas del
sandinismo en 1990 y la victoria de Violeta Chamorro quedó
establecido que el FSLN se quedaría con el mando del Ejército.
"De esta forma se aseguró que los militares jamás
atacarían de nuevo al pueblo", comenta el sandinista. Silva,
sin embargo, piensa que los sandinistas han actuado igual que la
familia Somoza, "lo único que han hecho es robar el dinero
del país y enriquecer a unos cuantos amigos". Es decir, la
tierra no se repartió al pueblo, sino más bien a los miembros
del FSLN.
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"Casa
que pertenecía antes a un somocista y ahora está regentada por
ex combatientes sandinistas".
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Juan
Carlos Cantillano, un ex combatiente sandinista, está de acuerdo
con esta visión. "Los sandinistas nos engañaron",
exclama. El Frente Sandinista de Liberación Nacional monopolizó
un movimiento que en principio no tenía ninguna afiliación
política. "No todo el mundo era sandinista cuando la
revolución, se trataba más bien de un movimiento heterogéneo y
popular", dice Cantillano. El FSLN manipuló a un movimiento,
que buscaba justicia social, para lograr sus propios intereses y
no para sacar al pueblo de la pobreza. "La revolución lo que
ha hecho es crear nuevos ricos, las tierras de los somocistas no
cayeron en manos del pueblo, cayeron en manos de los amigos de
Ortega", reconoce Cantillano. Para él los números cantan:
"cuando el FSLN empezó a gobernar en 1979 la deuda del país
ascendía a 1.600 millones dólares, en 1990 cuando el FSLN
perdió las elecciones la deuda externa de Nicaragua llegaba hasta
los 16.000 millones de dólares", datos que ineludiblemente
llevan a sospechar que hubo una gestión económica nefasta y un
alto grado de corrupción en el gobierno.
Sin
embargo, hay un elemento en el análisis de la revolución
sandinista que mucha gente pasa por alto. Casi ninguna de las
personas que he entrevistado hace referencia a la Contra cuando
saca balance de la gestión sandinista. El movimiento
contrarrevolucionario, también llamado Contra, que llegó a tener
hasta 30.000 hombres y que contó con el apoyo de la CIA, intentó
boicotear la gestión sandinista prácticamente desde los primeros
días después de la revolución. La mayoría de los miembros de
la Contra eran ex somocistas o fieles al antiguo régimen, pero
también había mercenarios llegados de otros países de
Centroamérica y hasta de Argentina. El principal objetivo de
estos paramilitares era desestabilizar el gobierno sandinista y
evitar que las ideas socialistas y comunistas se extendiesen hacia
los otros países de Latinoamérica y para ello se utilizaron todo
tipo de métodos, desde manifestaciones pacíficas hasta acciones
de guerrilla. El gobierno sandinista tuvo que pedir nuevos
préstamos y desviar muchos de los fondos dedicados a servicios
sociales para luchar contra la Contra y eso hizo que sus planes de
gobierno destinados al pueblo nunca se llevasen a cabo.
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Antigua
catedral de Managua parcialmente destrozada durante la guerra
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Cuando
un gobierno tiene grandes ideas, pero no le dejan desarrollarlas
en paz, al cabo de un tiempo llega la desilusión y entonces es
cuando aparece la corrupción. "Ya que estamos aquí, vamos a
sacar el mayor provecho para nosotros y nuestros amigos",
dirían los dirigentes sandinistas. La guerra contra la Contra y
las pocas perspectivas de futuro seguro que han ayudado a hacer un
mal uso del poder. Y así en 1990 el FSLN perdió las elecciones.
No es que el pueblo nicaragüense castigase a los sandinistas por
su pésima gestión en el gobierno, el FSLN seguía siendo muy
popular, pero la gente estaba cansada de vivir en guerra, de pasar
hambre, de sufrir. Los ciudadanos sabían que si votaban en contra
del FSLN y a favor de Violeta Chamorro, que contaba con el apoyo
de los Estados Unidos, la Contra iba a dejar las armas y habría
paz, y así sucedió. Desde aquel día los sandinistas han perdido
el gobierno y la guerra en Nicaragua ha terminado, pero Daniel
Ortega y su partido siguen teniendo mucha influencia. "En las
últimas elecciones locales el FSLN ha vuelto a arrasar",
anuncia Argüello.
Nicaragua
tiene un potencial turístico enorme. León y Granada son dos
ciudades coloniales de gran interés, las playas del pacífico son
idílicas, la zona del Caribe, donde viven los indios Misquitos,
está aún por explotar y la isla volcánica de Ometepe en el Lago
Nicaragua es de los lugares más bonitos de la tierra. Pero la
inestabilidad política y las tensiones socio-económicas que vive
el país hacen que los inversores extranjeros se muestren reacios
a mandar su dinero a esta parte del mundo. Nicaragua es para
muchos un polvorín que está apunto de explotar. La nación está
dividida entre el Partido Liberal Constitucionalista (PLC) del ex
presidente Arnoldo Alemán, tradicionalmente de derechas, y el
Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Daniel Ortega,
aunque estos dos ex mandatarios llegaron a un pacto en 1999 para
controlar el poder legislativo y judicial del país, en lo que se
conoce como una dictadura bicéfala.
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Isla
y volcán de Ometepe en el Lago Nicaragua
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Mientras
las protestas en Managua están a la orden del día por la mala
situación económica que atraviesa el país, acentuada por la
subida de los carburantes, el Ejecutivo de Enrique Bolaños está
atado de pies y manos. Sin la aprobación de los dos partidos de
la oposición que controlan el poder legislativo, el Gobierno no
puede introducir ninguna reforma. Bolaños ya está tan
desesperado que ha dejado entrever la posibilidad de nuevas
elecciones este próximo otoño. Sin el consentimiento del PLC y
del FSLN no se puede cambiar nada en Nicaragua, pero eso es lo que
parece que quieren las élites del país; precisamente, no cambiar
nada.
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