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Nueva
York descubre Coiba, la joya de Panamá
Una
misteriosa compañía de la metrópolis compra cerca de 60
millas de costa próximas a uno de los paraísos naturales más
vírgenes y salvajes de la tierra.
snc/
miguel otero |
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Vista desde uno de los miradores de la Isla de Coiba, Panamá |
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Santiago
de Veraguas (Panamá). En plena era de la globalización, la
historia de Coiba, Santa Catalina y, en general, la costa
pacífica de la región de Veraguas en Panamá, no es muy distinta
a la que puede contarse de muchas otras zonas del mundo. Pero no
por eso hay que dejar de contarla. Sobre todo porque se habla
mucho de la globalización, pero pocas veces se tienen evidencias
concretas de los cambios que este proceso provoca en las regiones
y poblaciones más remotas de la tierra. Los académicos de hoy se
enfrascan en innumerables discusiones abstractas para describir
qué es la globalización, pero lo que acontece en estos momentos
en pueblos como Santa Catalina es un ejemplo empírico perfecto de
cómo en la sociedad del S.XXI chocan, se confunden, se entrelazan
y, a veces, se solapan los ámbitos de lo global y lo local.
En
este mundo no se puede decir que algo es categóricamente bueno o
malo. Pese a que en estos días abundan las percepciones
maniqueas, nada es perfectamente blanco o negro. Un proceso
socio-económico tan complejo como la globalización no se puede
clasificar de forma tajante como favorable o desfavorable. La
globalización tiene sus lados positivos y sus lados negativos, y
eso se aprecia al llegar a la costa pacífica de Veraguas, en
Panamá. Una de las regiones del mundo más ricas en fauna y
flora. La isla de Coiba se considera uno de los últimos paraísos
ecológicos de la tierra. Por ser durante décadas una
isla-prisión de difícil acceso, Coiba presenta aún hoy una
selva impenetrable para el ser humano, unas playas blancas de agua
cristalina sin parangón y un parque marino fantástico, con peces
y corales de todo tipo, tiburones, delfines, tortugas marinas y
hasta ballenas.
Pero,
Veraguas no es sólo la isla de Coiba. Santa Catalina, un pueblo
remoto de la costa, cuyos habitantes son indios-negros costeños
amables y puros, alberga una de las olas de surf más famosas del
mundo, comparada con playa Sunset Beach en Hawai. Bahía Honda,
una ensenada de ensueño, con una pequeña isla en el medio,
ofrece aguas mansas y claras ideales para el relajo y el buceo.
Hicaco, un pueblo cerca de Santa Catalina, brinda un ecosistema
variado y, en sus quebradas, hasta el mismo día de hoy, se pueden
encontrar pepitas de oro. Sin menospreciar, claro está, las islas
de Cébaco, Gobernadora, Leones y Brincanco y playas como El Banco
y Cimarrones. Veraguas es además la única provincia de Panamá
que da a los dos océanos y su historia está llena de anécdotas,
ya que Colón llegó allí en su cuarto viaje. La ciudad de Santa
Fe, en el interior de la región, fue el primer centro de
catequización de la época colonial y, en sus montañas, el jefe
indio Urracá resistió durante décadas las acometidas de los
conquistadores españoles, ávidos por llegar cuanto antes a las
minas de oro de la zona.
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Pescador en la bahía de playa El Banco y playa Rimadero
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La
costa pacífica de Veraguas es un auténtico paraíso terrenal
que, por su inaccesibilidad, se ha mantenido casi virgen y al
margen de la inevitable erosión que provoca en todas partes la
actividad del hombre, principalmente cuando una zona se explota de
manera incontrolada para el turismo de masas, como es el caso de
Bocas del Toro, también en Panamá. Hasta hace poco, el viajero
tardaba cerca de 4 horas en llegar desde Santiago, la capital de
Veraguas, hasta Santa Catalina. El último tramo del viaje,
además, era sobre carreteras de tierra, muy angostas para
circular, y en invierno, casi intransitables, por convertirse en
auténticos riachuelos sólo franqueables por los 4x4. Bahia Honda
está incluso más retirada, ya que hasta ahí no hay carretera y
sólo se puede llegar por mar; y qué decir tiene que la Isla de
Coiba está aún más apartada del mundo. A dos horas y media en
bote rápido desde puerto Mutis y a una hora y cuarenta minutos
desde Santa Catalina.
Por
lo general, la población de la zona y, en particular, la de Santa
Catalina ha vivido desde tiempos remotos de la pesca, y en un
ambiente muy rural y tradicional, con muy pocos recursos. Salvo la
llegada de algunos avances como el motor y la electricidad, el
día a día en Santa Catalina no sufrió grandes cambios. Hasta
que a principios de los años 70 varios surfers panameños con
contactos en California, como Ricardo Icaza Punky y Jim Huerbsch
Jimbo, entre otros, descubrieron la excelente ola que había en la
punta de Santa Catalina y todo empezó a cambiar. A partir de ahí
empezaría el flujo, primero a cuentagotas, y después ya de una
manera regular, de corredores de olas nacionales y extranjeros a
la zona, aunque Santa Catalina, por su inaccesibilidad, siguió
siendo durante décadas un destino para un turismo muy minoritario
y especializado, formado por surfers en busca de olas salvajes,
viajeros sin rumbo ni norte, y personas interesadas en el buceo y
la pesca deportiva.
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Diego, el Pibe, retando la ola de Santa Catalina. Foto: Miguel
Trindade
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Sin
embargo, esta pequeña presencia foránea no alteró en demasía
la vida en el pueblo. Los hombres salían a faenar por las
mañanas, para pasar las tardes en la cantina, y las mujeres se
dedicaban a las labores del hogar y a cuidar a los hijos. Pero, a
finales de los años 90, el velero de John Linn se averió
accidentalmente cerca de Bahía Honda y este intrépido
estadounidense, un agente de la industria petrolífera que
recorrió medio mundo, se enamoró locamente de la zona. En sus
palabras: "Nada en el mundo es comparable a Santa
Catalina".
Junto
con otro socio francés, Linn, que ya había vivido en Asia,
África y otras partes de América, se dio cuenta rápidamente del
potencial turístico que tenía el área y empezó a comprar
terreno próximo o cercano a la costa. Los terrenos de la Isla de
Coiba ya no se podían comprar, porque la Agencia de Cooperación
Española, aprendida la lección del desastre ambiental de la
costa mediterránea española, urgió al Gobierno de Panamá para
que considerase la zona parque natural, y así se hizo en 1991.
Pero, si no se podía conseguir Coiba, Linn al menos tenía que
asegurar la costa más próxima a "la joya de Panamá",
como la definió Mali-Mali, un indígena de la tribu de los Kuna
Yala que ahora es guardia forestal en la isla.
Experimentado
viajero y hombre de mucho mundo, John Linn no llamó mucho la
atención al principio. De manera hábil y astuta, el
estadounidense fue comprando terreno a precio módico, para una
mente del primer mundo, y a precio caro, para una mente local. La
gente del pueblo empezó a vender sus tierras a John, el gringo,
porque, en principio, no parecía mala gente (estaba enamorado del
sitio) y, además, pagaba bien. Como comenta él mismo, John Linn
rompió el mercado de Santa Catalina y alrededores. En pocos
años, se había hecho con una buena parte de los terrenos de la
costa y los precios por metro cuadrado de tierra habían subido
enormemente. Por lo demás, Linn cambió también las formas de
hacer contratos. "El indio estaba acostumbrado a vender su
tierra dos o tres veces o a vender primero la tierra, después la
casa, después los muebles y después los utensilios… pero eso
conmigo se acabó, una vez que firmas el contrato de venta y
entregas los planos, lo vendes todo", afirma.
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Terreno para vender en Santa Catalina, en esa zona se paga ahora
unos $25 el m²
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Este
modus operandi, tan común en el mundo occidental, pero tan
inusual desde el punto de vista de los costeños, trajo bastantes
fricciones y pleitos. Sobre todo cuando los locales, pensando que
sólo habían vendido la tierra y ahora venían por el dinero de
la casa, se dieron cuenta que en el contrato lo habían vendido
todo. De repente los costeños se vieron sin plata, porque la
mayoría de ellos habían gastado el dinero en la cantina
emborrachándose, y sin tierra, porque con John Linn, una vez que
se firmaba el contrato, ya no había marcha atrás; se perdía
todo. Pero el agravio más grande llegó cuando la gente de Santa
Catalina se dio cuenta de que John Linn no trabajaba para él
solo. Ahora es de todos sabido que John es un agente inmobiliario
para una empresa de Nueva York, que todo el mundo en el pueblo
conoce como La Compañía y que en total en los últimos 6 años
ha comprado cerca de 60 millas (más de 90 Km.) de costa de
Veraguas, desde Santa Catalina hasta Pixvae, el enclave más
cercano a la Isla de Coiba. Por eso se construyó allí un
pequeño aeródromo. Una vez que se supo esto, el golpe para los
locales fue muy duro. No sólo se habían quedado sin tierras,
sino que las habían vendido a precios muy bajos para una
compañía de tal envergadura.
A
la pregunta de si no cree que la compañía le ha robado las
tierras a los indios, Linn ni se inmuta. De una manera natural
comenta: "Nosotros no le hemos robado a nadie. Mi compañía
siempre ha ofrecido precios a precio de mercado o por encima.
Nadie ha obligado a los indios a vender, si lo han hecho es porque
han querido." Y esa es la verdad, aunque ahora parece que los
locales se enteraron de las intenciones de la compañía y ya no
le venden a John. Paseando por una zona muy bonita de Santa
Catalina, se me acercaron dos chiquillas y en la conversación me
comentaron si no quería comprar un lote muy próximo a donde
estábamos. Yo les dije que se lo ofreciesen a John, él era el
gran comprador. Y la respuesta fue la siguiente: "No, mi
padre no quiere vender a John. Él trabaja para esa compañía que
lo está comprando todo. Nosotros queremos vender, pero no a la
compañía, a otra gente". Con "otra gente" se
referían a otros turistas que con en el paso del tiempo también
descubrieron Catalina, pero que tuvieron que comprar sus lotes a
precios mucho más altos que los de Linn.
Estas
maniobras de boicot llegan, sin embargo, un poco tarde. La
compañía ya ha hecho su agosto. Como el mismo Linn reconoce:
"Cuando llegamos compramos la tierra a 1 dólar el metro
cuadrado, ahora el mercado está a entre 15 y 30 dólares el
metro." Además, la estrategia de Catiland, así se llama la
filial panameña de la empresa de Nueva York, ha sido muy
agresiva. Básicamente, ha consistido en comprar la mayor cantidad
de línea de costa en el espacio de tiempo más corto. Es decir,
monopolizar cuanto antes el mercado para dejar fuera cualquier
competidor. Linn incluso comenta que cuando llegó capital chino a
Santa Catalina, su compañía dobló el precio de sus ofertas para
cortarle a este rival directo cualquier posibilidad de entrada en
el mercado. Pero, al final, la pregunta que importa es: ¿qué va
a hacer la compañía con la costa pacífica de Veraguas? En lo
que se conoce como una de las mayores concentraciones de
kilómetros cuadrados de costa en unas solas manos. Y, más
interesante todavía, ¿quiénes están detrás de Catiland y qué
fines tienen?
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Uno de los muchos atardeceres de ensueño en Santa Catalina
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Lo
primero que hice cuando me senté enfrente de John Linn fue
preguntarle para quién trabajaba y a qué se dedicaba su empresa.
La respuesta fue clara y concisa: "No le puedo facilitar esa
información. Sólo le puedo comentar que se trata de capital de
Nueva York". Este secretismo no es de extrañar, puesto que,
al parecer, detrás de Catiland Panamá está Daniel Wolf, un
multimillonario de Nueva York que, según comenta Jim Huerbsch
Jimbo, se dedica a comprar las zonas más bellas de la tierra y se
considera un zillionaire, porque no es ni un millonario, ni un
billonario, sino que tiene tanto dinero que adquiere la última
letra del alfabeto, la Z, del Zorro. Daniel Wolf es de esta clase
de personas que son tan importantes que cuando tecleas su nombre
en el buscador Google no aparece nada. De todas formas, con el
hermetismo existente es difícil saber qué intereses están
realmente detrás de Catiland. Lo único que se sabe es que el
cantante de los Rolling Stones, Mick Jagger, ha visitado la zona
de Coiba y Mr. Forbes, de la conocida revista económica Forbes,
también ha inspeccionado el lugar y ha incluido un artículo en
su sección de viajes. Está luego claro que hay mucha gente de
Nueva York interesada en el paraíso de Veraguas.
Entonces,
¿Santa Catalina y Bahia Honda se van a convertir en el nuevo
Cancún? John Linn dice que no. "No queremos cometer el mismo
error que en Bocas del Toro, queremos proteger la zona. Nuestro
objetivo es hacer de Santa Catalina un sitio caro y tranquilo, que
sirva de refugio a la clase alta para desconectar por unos días
de la presión de la ciudad. Nuestra clientela serán personas con
alto nivel adquisitivo que lleguen aquí por mar, en veleros, o
por aire, en avionetas". ¿Van a construir otro aeródromo
entonces? "Sí, no a corto plazo, pero sí en el
futuro." ¿No piensan vender? "No, la compañía no
tiene pensado vender, sólo vamos a alquilar". La estrategia
de los jefes de Catiland está clara. Se trata de land-banking, es
decir, se cogen unos fondos y en vez de meterlos en el banco se
dejan en una tierra que no se toca durante años o décadas. Por
un lado se deja fuera a los competidores y por otro se protege a
la zona del turismo de masas para que durante años sea de gran
atractivo para "las clases sociales que comen caviar",
como las describe Linn. ¿Qué hay mejor que disfrutar de un
paraíso terrenal todavía salvaje y de una población indígena y
negra aún muy pura y lejos del mundo moderno?
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Casa de hoja de palma y habitantes costeños propios de la zona
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Pero
la globalización es muy compleja. Los locales no quieren que su
pueblo esté apartado del mundo. La gente de Santa Catalina
también quiere disfrutar de los avances de nuestra era. Ellos
también quieren tener dinero para comprar un coche, las
infraestructuras necesarias para usar Internet y la telefonía
móvil y una carretera asfaltada para que lleguen maestros de
calidad a las escuelas. El ejemplo de la carretera es quizás el
mejor para explicar la complejidad de la globalización. La
compañía de Linn ha hecho lo posible por retrasar la
pavimentación de la calzada. En su afán, para muchos muy loable,
de preservar la cultura y costumbres de Santa Catalina y mantener
la población protegida de la contaminación del mundo exterior,
Catiland ha mantenido la vida del pueblo más o menos inalterada.
Sólo muy pocos extranjeros han abierto hasta ahora negocios en
Santa Catalina. Unos cuantos surf camps, una pizzería, un asador
argentino, y para de contar. Pero los locales quieren que llegue
cuanto antes el asfalto. Ellos saben que los extranjeros compran
mucha tierra, pero también reconocen que "traen mucha plata
y eso es bueno, porque hay más trabajo para todos", comenta
un nativo llamado Flecha. Paradójicamente, mientras Linn intenta
impedir la llegada de más gringos (este término no sólo incluye
a los estadounidenses, sino a todo hombre blanco), la gente local
está deseando que lleguen más. Que Santa Catalina se convierta
en un sitio turístico de verdad.
Y
eso es sin duda lo que va a pasar. Cada vez es mayor el flujo de
extranjeros a Santa Catalina. Este verano muchos ya han decidido
quedarse. Lo triste para la gente local es que son los extranjeros
los que abren los negocios. El nuevo Internet Café está en manos
de un canadiense, el negocio del alquiler de motos lo lleva un
estadounidense, la mayoría de las ofertas de alojamiento están
regentadas por forasteros. ¡Ay, si Urracá levantase la cabeza y
viese que 500 años después nada ha cambiado! El único oriundo
de Catalina que ha sabido aprovechar la situación y ha montado un
pequeño hotel de cabinas ha sido Rolo, un surfer del lugar que
con muy pocos recursos ha conseguido una posición privilegiada.
Santa Catalina va a explotar en la próxima década. La carretera
de asfalto ya está a punto de llegar. Los trabajos están muy
avanzados. A partir de ahí la llegada de buses con turistas va a
ser una realidad. Incluso John sabe que va a ser así.
"Nosotros intentamos ralentizar el proceso, pero está claro
que es un proceso que no se puede parar". Con casi toda
seguridad, en un futuro, Catiland va a alquilar los terrenos
próximos a la costa a cadenas hoteleras españolas como NH o Sol
Meliá, que ya han mostrado gran interés por la zona.
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Niña local sujetando un mango
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Sin
embargo, los lugareños creen tener un as en la manga. Según la
legislación vigente en Panamá, los terrenos que estén a menos
de 200 metros de la costa no se pueden tener como propiedad
privada, sólo se pueden tener en concesión. Es lo que se llama
derecho posesorio. En principio, las 60 millas de costa que
compró Catiland no son de la compañía, son terreno nacional
panameño, que pertenece al Estado. Si el día de mañana el
gobierno de Panamá quiere recuperar la tierra lo puede hacer.
Pero esa posibilidad en los tiempos que corren parece muy
improbable. Hace unas semanas aterrizó un helicóptero en Santa
Catalina y de él bajaron Daniel Wolf y Rubén Blades, el ministro
de Turismo de Panamá, para encontrase con John Linn y comentar el
futuro de la zona. Está claro que el gran capital de Nueva York
se cercioró bien de que iba a contar con el apoyo del gobierno
panameño antes de realizar una inversión de este tipo. Los
terrenos que compró Catiland estarán protegidos de una posible
expropiación por mucho tiempo, a no ser, claro está, que vuelva
al país un dictador. Pero, ¿quién en Panamá quiere volver a
los horrores de la época de Noriega?
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La
Isla de Coiba, uno de los últimos paraísos
sobre la faz de la tierra
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Arena blanca y fina y agua turquesa en la isla de Granito de Oro
en Coiba
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El
Parque Nacional Isla de Coiba abarca en total más de 2.700 Km²
de islas, playas, selva, manglares y arrecifes y es considerado
uno de los mayores parques marinos a nivel mundial. La isla se
utilizó durante décadas como prisión y por eso no ha sufrido la
erosión propia de la mano del hombre. El 80% de la jungla sigue
intacta y alberga una serie de ecosistemas de gran importancia
dada la cantidad de especies endémicas y en peligro de extinción
que atesoran.
La
superficie vegetal de Coiba, de bosques húmedos y tropicales,
tiene alrededor de 1.450 especies de plantas, la mayoría de ellas
identificadas por los científicos de la Agencia de Cooperación
Española, que han hecho un fabuloso trabajo en la isla. En Coiba
viven además un total de 36 especies de mamíferos y si el
visitante tiene suerte puede llegar a ver el ñeque endémico de
Coiba o algún mono cariblanco o mono aullador negro. La zona
tiene también 147 especies de aves, entre las que destaca la
guacamaya roja, propia de Panamá.
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Coiba presenta una gran colonia de buitres
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Panamá
significa "abundancia de peces" y en ningún sitio se
puede apreciar eso mejor que en los alrededores de una islita
preciosa, de arena blanca y agua cristalina, llamada Granito de
Oro. El bañista sólo tiene que ponerse una máscara de buceo o
unas gafas de agua para estar literalmente inmerso en un mundo
submarino. Escuelas de peces formadas por cientos de ejemplares de
diferente tamaño, color y forma aletean alegremente a pocos
metros de la superficie.
Los
arrecifes de Coiba son un mundo fantástico lleno de colorido y
armonía donde danzan silenciosamente corales, peces, estrellas de
mar y también tiburones de diferentes tamaños y ¡voracidad!
Cuando hablamos de Coiba estamos hablando del punto de mayor
diversidad marina del Pacífico Oriental, por ser lugar de
convergencia de distintas corrientes marinas. En estas aguas se
pueden encontrar el delfín moteado tropical, el delfín mular, la
orca, la falsa orca, la ballena jorobada, el rorcual tropical, la
tortuga marina y caimanes de más de tres metros de largo y con
mucha hambre como éste:
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Por
su riqueza vegetal y marina, por sus bellísimas playas de arena
fina y blanca, por sus vistas excepcionales desde los diversos
miradores, por los pozos termales y por la presencia de animales
difíciles de avistar por el ser humano como monos, venados,
cocodrilos, delfines, tiburones y ballenas en un hábitat casi
virgen, Coiba merece sin lugar a dudas una visita. Los
espectaculares paisajes y la tranquilidad de esta isla la
convierten en uno de los últimos paraísos ecológicos del mundo.
La
manera más rápida para llegar a Coiba es por carretera hasta
Santa Catalina. En Santa Catalina hay varios locales como Rolo que
se dedican a llevar a gente en lancha hasta el parque nacional. El
viaje hasta la estación biológica, que está en la punta norte
de la isla, dura aproximadamente una hora y media y el coste total
es de 200 dólares a repartir entre cuatro personas. La estación
biológica tiene casi siempre posibilidades de alojamiento por la
poca afluencia de público, con lo cual el visitante puede
disfrutar de este paraíso el tiempo que quiera. Sólo tiene que
pagar 10 dólares por anclar el bote, 10 por entrar al parque
natural y otros 10 por noche de hospedaje.
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Estar en Ganito de Oro es como estar en el paraíso
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